miércoles, 17 de junio de 2015

Década de la Educación para un Futuro sostenible





El artículo se basa, explícitamente, en los contenidos incorporados a la página http://www.oei.es/decadacreada por la oei como apoyo decidido a la Década, y aborda con cierto detenimiento el concepto de sostenibilidad. Así mismo, describe la actual situación de emergencia planetaria (una contaminación sin fronteras, el cambio climático, la pérdida de la diversidad biológica y cultural, etc.), analiza sus causas (un crecimiento económico al servicio de intereses particulares a corto plazo, los fuertes desequilibrios y los conflictos asociados, la explosión demográfica), y discute las posibles soluciones que exigen la conjunción de medidas tecnológicas, educativas y políticas.

Se comprendió la necesidad de iniciar una campaña intensa y de larga duración. Surgió así la idea de una Década de la Educación para el Desarrollo Sostenible, destinada a lograr la participación de todos los educadores en la formación de una ciudadanía atenta a la situación del planeta, y que estuviera preparada para la toma de decisiones (Resolución 57/254 aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de diciembre de 2002).
Sin embargo, se puede vaticinar que tampoco el lanzamiento de esta Década, por sí sólo, convertirá la educación por la sostenibilidad en un objetivo prioritario del conjunto de los educadores y educadoras. En efecto, se ha comprendido que la atención generalizada y continuada hacia la situación del mundo como problema global tropieza con muy serias dificultades, fruto de actitudes y de hábitos fuertemente enraizados. Por ello, se precisa multiplicar los esfuerzos hasta conseguir un efecto irreversible, a modo de mancha de aceite que se extienda a toda la sociedad.

Los educadores, en general, no estamos prestando suficiente atención a esta situación, pese a llamamientos como los de las Naciones Unidas en las Cumbres de La Tierra (Río, 1992, y Johannesburgo, 2002).
Es preciso, por ello, asumir un compromiso para que toda la educación, tanto formal (desde la escuela primaria a la universidad) como informal (museos, media...), preste sistemáticamente atención a la situación del mundo, con el fin de proporcionar una percepción correcta de los problemas, y de fomentar actitudes y comportamientos favorables para el logro de un desarrollo sostenible. Se trata, en definitiva, de contribuir a formar ciudadanas y ciudadanos conscientes de la gravedad y del carácter global de los problemas, y preparados para participar en la toma de decisiones adecuadas.
Proponemos, por ello, el lanzamiento de la campaña Compromiso por una Educación para la Sostenibilidad. El compromiso, en primer lugar, de incorporar a nuestras acciones educativas la atención a la situación del mundo, promoviendo entre otros:

  • Un consumo responsable, que se ajuste a las tres «erres» (reducir, reutilizar y reciclar), y que atienda a las demandas del «comercio justo».
  • La reivindicación y el impulso de desarrollos tecnocientíficos favorecedores de la sostenibilidad, con control social y con la aplicación sistemática del principio de precaución.
  • Acciones sociopolíticas en defensa de la solidaridad y de la protección del medio, a escala local y planetaria, que contribuyan a poner fin a los desequilibrios insostenibles y a los conflictos asociados, con una decidida defensa de la ampliación y de la generalización de los derechos humanos al conjunto de la población mundial, sin discriminaciones de ningún tipo (étnicas, de género...).
  • La superación, en definitiva, de la defensa de los intereses y de los valores particulares a corto plazo, y la comprensión de que la solidaridad y la protección global de la diversidad biológica y cultural constituyen requisitos imprescindibles para una auténtica solución de los problemas.

¿QUÉ ENTENDER POR SOSTENIBILIDAD?





El concepto de sostenibilidad surge por vía negativa, como resultado de los análisis de la situación del mundo, que puede describirse como una «emergencia planetaria» (Bybee, 1991), como una circunstancia insostenible que amenaza gravemente el futuro de la humanidad.

Un futuro amenazado es, sin ir más lejos, el título del primer capítulo de Nuestro futuro común, el informe de la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo (cmmad, 1988), organización a la que debemos uno de los primeros intentos de introducir el concepto de sostenibilidad o de sustentabilidad: «El desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades».

Una primera crítica de las muchas que ha recibido la definición de la cmmad es la de que el concepto de desarrollo sostenible apenas sería la expresión de una idea de sentido común (sostenible vendría de sostener, cuyo primer significado, de su raíz latina sustinere, es «sustentar, mantener firme una cosa»), de la que aparecen indicios en numerosas civilizaciones que han intuido la necesidad de preservar los recursos para las generaciones futuras. 

La supeditación de la naturaleza a las necesidades y a los deseos de los seres humanos ha sido vista siempre como signo distintivo de sociedades avanzadas, explica Mayor Zaragoza (2000) en Un mundo nuevo. Ni siquiera se planteaba como supeditación: la naturaleza era prácticamente ilimitada, y se podía centrar la atención en nuestras necesidades sin que tuviéramos que preocuparnos por las consecuencias ambientales. El problema ni siquiera se planteaba. Después han venido las señales de alarma de los científicos, los estudios internacionales..., pero todo eso no ha calado en la población, como tampoco en los responsables políticos, en los educadores, o en quienes planifican y dirigen el desarrollo industrial o la producción agrícola.
A este respecto, Mayor Zaragoza señala que «la preocupación, surgida recientemente, por la preservación de nuestro planeta, es indicio de una auténtica revolución de las mentalidades: aparecida en apenas una o dos generaciones, esta metamorfosis cultural, científica y social, rompe con una larga tradición de indiferencia, por no decir de hostilidad».

Algunos cuestionan la idea misma de sostenibilidad en un universo regido por el segundo principio de la termodinámica, que marca el inevitable crecimiento de la entropía hacia la muerte térmica del universo. Nada es sostenible ad in eternum, por supuesto..., y el Sol se apagará algún día. Pero cuando se advierte contra los actuales procesos de degradación a los que estamos contribuyendo, no hablamos de miles de millones de años, sino, por desgracia, de unas pocas décadas. Preconizar un desarrollo sostenible es pensar en nuestra generación y en las futuras con una perspectiva temporal humana de cientos, o, a lo sumo, de miles de años. Ir más allá sería pura ciencia-ficción. Como dice Ramón Folch (1998), «el desarrollo sostenible no es ninguna teoría, y mucho menos una verdad revelada [...], sino la expresión de un deseo razonable, de una necesidad imperiosa: la de avanzar progresando, no la de moverse derrapando». Hablamos de sostenibilidad «dentro de un orden», o sea, de un período de tiempo lo suficientemente largo como para que sostenerse equivalga a que tenga una duración lo más aceptable posible, y que sea lo bastante acotado como para no perderse en disquisiciones.

LOS PROBLEMAS. UNA CONTAMINACIÓN SIN FRONTERAS




El problema de la contaminación es el primero que nos suele venir a la mente cuando pensamos en la situación del mundo, puesto que hoy la contaminación ambiental no conoce fronteras y afecta a todo el planeta. Eso lo expresó con toda claridad el ex presidente de la República Checa, Vaclav Havel, hablando de Chernobyl: «una radioactividad que ignora fronteras nacionales nos recuerda que vivimos –por primera vez en la historia– en una civilización interconectada que envuelve el planeta. Cualquier cosa que ocurra en un lugar, puede, para bien o para mal, afectarnos a todos».
La mayoría de nosotros percibe ese carácter global del problema de la contaminación; por eso nos referimos a ella como a uno de los principales conflictos de nuestro mundo. Pero conviene hacer un esfuerzo por concretar y por abordar de una manera más precisa las distintas formas de contaminación y sus consecuencias. En efecto, no basta con referirse de modo genérico a la contaminación del aire (debida a procesos industriales que no depuran las emisiones, a los sistemas de calefacción y al transporte, etc.), a la de los suelos (por almacenamiento de sustancias sólidas peligrosas: radioactivas, metales pesados, plásticos no biodegradables...), y a la de las aguas superficiales y subterráneas (por los vertidos sin depurar de líquidos contaminantes de origen industrial, urbano y agrícola).

Todo ello se traduce en una grave destrucción de los ecosistemas (McNeill, 2003; Vilches y Gil-Pérez, 2003) y de pérdida de biodiversidad. La primera evaluación global efectuada revela que más de 1.200 millones de hectáreas de tierra (equivalentes a la suma de las superficies de China y de la India juntas) han sufrido una seria degradación en los últimos cuarenta y cinco años, según datos del World Resources Institute. Y a menudo son las mejores tierras las que se ven más afectadas. Es lo que ocurre con las comarcas húmedas (pantanos, manglares), que se encuentran entre los ecosistemas que más vida generan. De ahí su enorme importancia ecológica y el peligro que supone su desaparición debido a la creciente contaminación.

Todas las formas de contaminación en el planeta son  evidencia una falta total de ética y de visión, porque los problemas ambientales no conocen fronteras, y porque estas graves contaminaciones nos afectarán a todos, tal como ha ocurrido con la destrucción de la capa de ozono, que debemos también comentar. En realidad, la destrucción de la capa de ozono, es decir, su adelgazamiento en algunas zonas provocada por los compuestos fluorclorocarbonados llamados cfc o freones (que se encuentran en los circuitos de aire acondicionado o en los llamados sprays o propelentes tan utilizados en limpieza, en perfumería...), ha preocupado con razón en estos últimos años. Esos compuestos, lanzados a la atmósfera, constituyen un residuo muy dañino, que reacciona con el ozono de la estratosfera y que reduce la capacidad de esa capa de ozono para «filtrar» las radiaciones ultravioleta. Su lenta difusión hace que, una vez vertidos a la atmósfera, tarden de diez a quince años en llegar a la estratosfera, y tienen una vida media que supera los cien años. Se trata de una bomba con efecto retardado. 

 nos referiremos de manera muy breve a otras formas de contaminación que suelen quedar relegadas a ser consideradas como problemas menores, pero que son también perniciosas para los seres humanos y deben ser igualmente atajadas:


  • La contaminación acústica, asociada a la actividad industrial, al transporte y a una inadecuada planificación urbanística, que es causa de graves trastornos físicos y psíquicos.
  • La contaminación lumínica, que en las ciudades, a la vez que supone un derroche energético, afecta al reposo nocturno de los seres vivos alterando sus ciclos vitales y suprimiendo el paisaje celeste, lo que contribuye a una contaminación visual que altera y que degrada el paisaje, a la que están contribuyendo gravemente todo tipo de residuos, un entorno urbano antiestético, etc.
  • La contaminación del espacio próximo a la Tierra, con la denominada «chatarra espacial» (cuyas consecuencias pueden ser funestas para la red de comunicaciones, lo que ha convertido a nuestro planeta en una aldea global).

LOS PROBLEMAS. EL CAMBIO CLIMÁTICO




La alerta ante la evolución del clima se declara por primera vez a finales de los años sesenta con el establecimiento del Programa Mundial de Investigación Atmosférica, si bien las decisiones políticas iniciales en torno a dicho problema tienen lugar en 1972, con motivo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano (cnumah). En dicha Conferencia se propusieron las actuaciones necesarias para mejorar la comprensión de las causas que estuvieran provocando un posible cambio climático. Ello dio lugar, en 1979, a la convocatoria de la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima.
Un paso importante en cuanto a la necesidad de investigaciones y de acuerdos internacionales para resolver los problemas se llevó a cabo con la constitución, en 1983, de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, conocida como Comisión Brundtland. El informe de la Comisión subrayaba la necesidad de iniciar las negociaciones para un tratado mundial sobre el clima, para investigar los orígenes y los efectos de un cambio climático, para vigilar científicamente el clima, y para establecer políticas internacionales conducentes a la reducción de las emisiones a la atmósfera de los gases de efecto invernadero.

Es chocante, por ejemplo, que los compuestos hidrofluorocar­bonados (HFC) hayan sustituido a los fluorclorocarbonados (cfc), causantes de la destrucción de la capa de ozono, en los aerosoles y en los equipos de refrigeración. Se evita así esa destrucción de la capa de ozono, pero se sigue contribuyendo al incremento del efecto invernadero. Y lo mismo ocurre con los proyectos para construir nuevas centrales térmicas, que siguen adelante en muchos países, pese a que comportarán un notable incremento de las emisiones de CO2, además de provocar otras formas de contaminación sin fronteras, como la lluvia ácida, que contribuye a destruir los bosques, reduciendo, por tanto, la capacidad de absorción del dióxido de carbono. De hecho, la responsabilidad del incremento del efecto invernadero, y el consiguiente aumento de la temperatura media del planeta, es compartida casi al 50% entre la deforestación y el aumento de emisiones de CO2 y demás gases invernadero. Y sus consecuencias comienzan ya a ser perceptibles (Folch, 1998; McNeill, 2003; Vilches y Gil-Pérez, 2003; Lynas, 2004):


  • Disminución de los glaciares y deshielo de los casquetes polares, con la consecuente subida del nivel del mar y la destrucción de ecosistemas esenciales como humedales, bosques de manglares y zonas costeras habitadas.
  • Alteraciones en las precipitaciones, y un aumento de fenómenos extremos (sequías, lluvias torrenciales, avalanchas de barro...).
  • Acidificación de las aguas y destrucción de los arrecifes de coral, auténticas barreras protectoras de las costas y hábitat de innumerables especies marinas.
  • Desertización.
  • Alteración de los ritmos vitales de numerosas especies.


Todo ello con graves implicaciones para la agricultura, para los bosques, para las reservas de agua..., y, en definitiva, para la salud humana (Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1988; McNeill, 2003). Las nuevas predicciones del ipcc para el siglo xxi señalan que las temperaturas globales seguirán subiendo, que el nivel del mar experimentará ascensos significativos, y que la frecuencia de los fenómenos climáticos extremos aumentará.

Aunque todavía existen muchas incertidumbres que no permiten cuantificar con la suficiente precisión los cambios de clima previstos, la información validada hasta ahora es suficiente para tomar medidas de forma inmediata, de acuerdo con el denominado «principio de precaución» al que hace referencia el Artículo 3 de la Convención Marco sobre Cambio Climático.

LOS PROBLEMAS. LA BIODIVERSIDAD AMENAZADA




Es preciso reflexionar acerca de la importancia de la biodiversidad y de los peligros a los que está sometida en nuestros días a causa del actual crecimiento insostenible, guiado por intereses particulares a corto plazo y por sus consecuencias: una contaminación sin fronteras, el cambio climático... Para algunos, la creciente preocupación por la pérdida de biodiversidad es exagerada, y aducen que las extinciones constituyen un hecho regular en la historia de la vida: se sabe que han existido miles de millones de especies desde los primeros seres pluricelulares, y que el 99% de ellas ha desaparecido.

Pero la preocupación no viene por el hecho de que desaparezca alguna especie, sino porque se teme que estemos asistiendo a una masiva extinción, como las otras cinco que, según Lewin (1997), se han dado a lo largo de la evolución de la vida, tal como la que dio lugar a la desaparición de los dinosaurios. Y esas extinciones han constituido auténticos cataclismos. Lo que preocupa, pues, y de manera muy seria, es la posibilidad de provocar una catástrofe que arrastre a la propia especie humana. Según Delibes de Castro, «diferentes cálculos permiten estimar que se extinguen entre diez mil y cincuenta mil especies por año. Yo suelo citar a Edward Wilson, uno de los «inventores» de la palabra biodiversidad, que dice que anualmente desaparecen veintisiete mil especies, lo que supone setenta y dos diarias y tres cada hora [...], una cifra fácil de retener. Eso puede representar la pérdida, cada año, del uno por mil de todas las especies vivientes. A ese ritmo, en mil años no quedaría ninguna (incluidos nosotros)» (Delibes y Delibes, 2005).

LOS PROBLEMAS. LA DESTRUCCIÓN DE LA DIVERSIDAD CULTURAL



El tratamiento de la diversidad cultural puede concebirse, en principio, como continuación de lo visto en el apartado dedicado a la biodiversidad, en cuanto extiende la preocupación por la pérdida de biodiversidad al ámbito cultural. La pregunta que se hace Maaluf (1999) expresa con toda claridad esta vinculación: «¿Por qué habríamos de preocuparnos menos por la diversidad de culturas humanas que por la diversidad de especies animales o vegetales? Ese deseo nuestro, tan legítimo, de conservar el entorno natural, ¿no deberíamos extenderlo también al entorno humano?». Pero decimos en principio, porque es preciso desconfiar del «biologismo», es decir, de los intentos de extender a los procesos socioculturales las leyes de los procesos biológicos. Son intentos con frecuencia simplistas y del todo inaceptables, tal como muestran, por ejemplo, las referencias a la selección natural para interpretar y para justificar el éxito o el fracaso de las personas en la vida social.

En el tema de la diversidad cultural se incurre en este biologismo cuando se afirma, como hace Clément (1999), que «el aislamiento geográfico crea la diversidad. De un lado, la diversidad de los seres por el aislamiento geográfico, tal es la historia natural de la naturaleza; del otro, la diversidad de las creencias por el aislamiento cultural, tal es la historia cultural de la naturaleza». Esa asociación entre diversidad y aislamiento es cuestionable desde el punto de vista cultural: pensemos que la vivencia de la diversidad aparece en el momento justo en el que se rompe el aislamiento; sin contacto entre lugares aislados, sólo tenemos una pluralidad de situaciones, cada una de las cuales contiene escasa diversidad, y nadie puede concebir (y menos aprovechar) la riqueza que supone la diversidad del conjunto de esos lugares aislados.

Hoy existen riesgos serios, muy serios sin duda, de pérdidas irreparables del patrimonio cultural de la humanidad: ya hemos hablado de los miles de lenguas y de otras aportaciones culturales en peligro. Pero el hecho mismo de tener conciencia de los riesgos crea condiciones para atajarlos. El verdadero peligro estriba, ante todo, en no ser conscientes de los problemas, o en tener una percepción equivocada de los mismos.

Por eso es importante profundizar en dichos problemas y no contentarse con los tópicos. Es necesario, entonces, analizar con mayor detenimiento ese proceso de globalización o de mundialización, cuyos efectos homogeneizadores tanto nos asustan. Quizás ello nos permita ver que no todos los signos son tan negativos, y que podamos separar el grano de la paja.

 LAS CAUSAS. UN CRECIMIENTO ECONÓMICO AL SERVICIO DE INTERESES PARTICULARES A CORTO PLAZO




¿Podemos hablar de crecimiento económico sostenible? Conviene recordar, en primer lugar, que desde la segunda mitad del siglo xx se ha producido un crecimiento económico global sin precedentes. Por dar algunas cifras, la producción mundial de bienes y servicios creció, desde unos cinco billones de dólares en 1950, hasta cerca de 30 billones en 1997, es decir, casi se multiplicó por seis. Y todavía resulta más impresionante saber que el crecimiento entre 1990 y 1997 –unos cinco billones de dólares– fue similar al que se había producido ¡desde el comienzo de la civilización hasta 1950! Se trata, pues, de un crecimiento realmente exponencial, acelerado.
Cabe reconocer que este extraordinario acrecentamiento produjo importantes avances sociales. Baste señalar que la esperanza de vida en el mundo pasó de 47 años en 1950, a 64 años en 1995. Sin duda, esa es una de las razones por las que la mayoría de los responsables políticos, de los movimientos sindicales, etc., parecen apostar por la continuación de ese crecimiento. Una mejor dieta alimenticia se logró, por ejemplo, aumentando la producción agrícola, las capturas pesqueras, etc. Y los mayores niveles de alfabetización, por poner otro ejemplo, estuvieron acompañados, entre otros factores, por la multiplicación del consumo de papel, y, por tanto, de madera. Estas y otras mejoras han exigido, en definitiva, un enorme crecimiento económico, pese a estar lejos de haber alcanzado a la mayoría de la población.

«La sostenibilidad ambiental requiere, pues, que se produzca una discontinuidad: de una sociedad para la cual la condición normal de salud ha sido el crecimiento de la producción y del consumo material, se ha de pasar a una sociedad capaz de desarrollarse disminuyéndolos». Por supuesto, disminuyéndolos a nivel planetario, porque son muchos los pueblos que siguen precisando un crecimiento económico que sea capaz de dar satisfacción a sus necesidades básicas.

Es necesario, entonces, profundizar en el estudio de las causas del actual crecimiento insostenible, guiado por intereses particulares a corto plazo –hiperconsumismo de una quinta parte de la humanidad, explosión demográfica, desequilibrios y conflictos–, y de las medidas necesarias –tecnológicas, educativas y políticas– para avanzar hacia la sostenibilidad (Vilches y Gil-Pérez, 2003).


LAS CAUSAS. DESEQUILIBRIOS EN EL CONSUMO



Al estudiar las causas de la actual situación de emergencia planetaria, hay que referirse al hiperconsumo de las sociedades «desarrolladas» y de los grupos poderosos de cualquier sociedad, que sigue creciendo como si las capacidades de la Tierra fueran infinitas (Daly, 1997; Brown y Mitchell, 1998; Folch, 1998; García, 1999). Baste señalar que los veinte países más ricos del mundo han consumido en este siglo más naturaleza, es decir, más materia prima y más recursos energéticos no renovables, que toda la humanidad a lo largo de su historia y de su prehistoria (Vilches y Gil-Pérez, 2003).

Si se evalúa todo lo que en un día cualquiera utilizamos los ciudadanos de países desarrollados en nuestras casas (electricidad, calefacción, agua, electrodomésticos, muebles, ropa, etc., etc.), y los recursos empleados en transporte, en salud, en protección, en ocio, el resultado muestra cantidades ingentes. En estos países, con una cuarta parte de la población mundial, consumimos entre el 50% y el 90% de los recursos de la Tierra, y generamos las dos terceras partes de las emisiones de dióxido de carbono. Sus fábricas, sus vehículos, sus sistemas de calefacción, originan la mayoría de los desperdicios tóxicos del mundo, y las tres cuartas partes de los óxidos que causan la lluvia ácida; sus centrales nucleares, más del 95% de los residuos radioactivos del mundo. Un habitante de estos países consume, por término medio, tres veces más cantidad de agua, diez veces más de energía, por ejemplo, que uno de un país pobre. Y este elevado consumo se traduce en consecuencias gravísimas para el medio ambiente de todos, incluido el de los países más pobres, que apenas consumen.

En realidad, la asociación entre «más consumo» y «vida mejor» se rompe con estrépito, tanto en el caso del automóvil como en muchos otros. Al decir de Almenar, Bono y García (1998), en un documentado estudio sobre la insostenibilidad del crecimiento, la satisfacción inmediata que produce el consumo «es adictiva, pero ya es incapaz de ocultar sus efectos de frustración duradera, su incapacidad para incrementar la satisfacción. La cultura del “más es mejor” se sustenta en su propia inercia y en la extrema dificultad por escapar a ella, pero tiene ya más de condena que de promesa».

Pero, claro está, no se trata de demonizar todo consumo sin matizaciones. La escritora sudafricana Nadine Gordimer, Premio Nobel de Literatura, que ha actuado de embajadora de buena voluntad del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud), puntualiza: «el consumo es necesario para el desarrollo humano cuando amplía la capacidad de la gente y cuando mejora su vida, sin menoscabo de la vida de los demás». Y añade: «mientras que para nosotros, los consumidores descontrolados, es necesario consumir menos, para más de 1.000 millones de las personas más pobres del mundo aumentar su consumo es cuestión de vida o muerte, y un derecho básico» (Gordimer, 1999).

La solución al crecimiento insostenible no puede consistir en que todos vivamos sumidos en una renuncia absoluta: comida muy frugal, viviendas demasiado modestas, ausencia de desplazamientos, de prensa, etc. Ello, además, no modificaría de manera suficiente un hecho terrible que algunos estudios han puesto en evidencia: cerca del 40% de la producción fotosintética primaria de los ecosistemas terrestres es usado por la especie humana, cada año, para comer, para obtener madera y leña, etc. Incluso la más drástica reducción del consumo de ese 20% rico de los seres humanos no resuelve este problema, que amenaza muy seriamente a la biodiversidad.

LAS CAUSAS. CRECIMIENTO DEMOGRÁFICO, DESEQUILIBRIOS Y SOSTENIBILIDAD



Dada la frecuente resistencia a aceptar que el crecimiento demográfico representa hoy un grave problema (Vilches y Gil-Pérez, 2003), conviene proporcionar algunos datos acerca del mismo que permitan valorar su papel, junto con el hiperconsumismo de una quinta parte de la humanidad, en el actual crecimiento no sustentable (Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1988; Ehrlich y Ehrlich, 1994; Brown y Mitchell, 1998; Folch, 1998):


  • Desde mediados del siglo xx han nacido más seres humanos que en toda la historia de la humanidad, y, como señala Folch (1998), «pronto habrá tanta gente viva como muertos a lo largo de toda la historia: la mitad de todos los seres humanos que habrán llegado a existir estarán vivos».
  • Aunque se ha producido un descenso en la tasa de crecimiento de la población, ésta sigue aumentando en unos ochenta millones de seres cada año, por lo que se duplicará de nuevo en pocas décadas.
  • Como han explicado los expertos en sostenibilidad, en el marco del llamado Foro de Río, la actual población precisaría de los recursos de tres Tierras para alcanzar un nivel de vida semejante al de los países desarrollados.
  • «Incluso si consumieran, en promedio, mucho menos que hoy, los nueve mil millones de hombres y de mujeres que poblarán la Tierra hacia el año 2050 la someterán, inevitablemente, a un enorme estrés» (Delibes y Delibes, 2005).
El mantenimiento de una situación de extrema pobreza en la que viven millones de seres humanos es ya, en sí mismo, un acto de violencia, pero conviene recordar, aunque sea someramente, las distintas formas de violencias asociadas: las violencias de clase, interétnicas e interculturales, que se traducen en auténticas fracturas sociales; las guerras y los conflictos bélicos, con sus implicaciones económicas y con sus secuelas para las personas y para el medio ambiente, de carreras armamentistas y de destrucción, de tráfico y de mercado negro de armas; el terrorismo y el unilateralismo, como expresiones de la voluntad de imponer «lo propio» contra «lo de los otros»; las actividades de las mafias (tráfico de drogas, de seres humanos relacionados con el comercio sexual, el juego, el mercado negro de divisas, el blanqueo de dinero, con su creciente presencia en todo el planeta, contribuyendo de forma decisiva a la violencia ciudadana); las de empresas transnacionales, que imponen sus intereses particulares escapando a todo control democrático; las migraciones masivas (refugiados por motivos políticos o bélicos, las producidas por razones económicas, es decir, por hambre, por miseria, por marginación, las debidas a causas ambientales, como el agotamiento de recursos, las sequías, los desastres ecológicos), con los dramas que todas estas migraciones suponen y con los rechazos que producen: actitudes racistas y xenófobas, legislaciones cada vez más restrictivas, etc. Todos ellos son conflictos vinculados a las enormes desigualdades que existen en el mundo (Delors, 1996; Maaluf, 1999; Mayor Zaragoza, 2000; Vilches y Gil-Pérez, 2003).


LAS SOLUCIONES. TECNOLOGÍAS PARA LA SOSTENIBILIDAD




Cuando se plantea el asunto de la contribución de la tecnociencia a la sostenibilidad, la primera consideración que es preciso hacer consiste en cuestionar cualquier expectativa de encontrar soluciones puramente tecnológicas a los problemas a los que se enfrenta hoy la humanidad.

Por supuesto, existe un consenso general acerca de la necesidad de dirigir los esfuerzos de la investigación y de la innovación hacia el logro de tecnologías favorecedoras de un desarrollo sostenible (Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1988; Gore, 1992; Daly, 1997; Flavin y Dunn, 1999), incluyendo desde la búsqueda de nuevas fuentes de energía hasta el incremento de la eficacia en la obtención de alimentos, pasando por la prevención de enfermedades y de catástrofes, por el logro de una maternidad y de una paternidad responsables, o por la disminución y el tratamiento de residuos.

No obstante, es preciso analizar con cuidado las medidas tecnológicas propuestas, para que las aparentes soluciones no generen problemas más graves, como ha sucedido ya tantas veces. Pensemos, por ejemplo, en la revolución agrícola, que, tras la Segunda Guerra Mundial, incrementó de manera notable la producción, gracias a los fertilizantes y a pesticidas químicos como el ddt. Así se pudieron satisfacer las necesidades de alimentos para una población mundial que experimentaba un rápido crecimiento, pero sus efectos perniciosos (pérdida de biodiversidad, cáncer, malformaciones congénitas, etc.), fueron denunciados, ya a finales de los años cincuenta, por Rachel Carson (1980), tal como hemos señalado. Y pese a que Carson fue criticada al principio como «contraria al progreso», el ddt y otros «Contaminantes Orgánicos Persistentes» (cop) han tenido que ser prohibidos como venenos muy peligrosos, aunque, por desgracia, todavía no en todos los países.

Para terminar, debemos señalar que ya existen soluciones tecnológicas para muchos de los problemas planteados –aunque, por supuesto, será siempre necesario seguir investigando–, pero dichas soluciones tropiezan con las barreras que suponen los intereses particulares o las desigualdades en el acceso a los avances tecnológicos, que se acrecientan cada día.

Todo ello, insistimos, viene a cuestionar la idea simplista de que las soluciones a los problemas con los que se enfrenta hoy la humanidad dependen fundamentalmente de tecnologías más avanzadas, olvidando que las opciones, los dilemas, a menudo son, antes que cualquier otra cosa, éticos (Aikenhead, 1985; Martínez, 1997; García, 2004). Se precisan también medidas educativas y políticas, es decir, es necesario y urgente proceder a un replanteamiento global de nuestros sistemas de organización, porque estamos asistiendo a un deterioro ambiental que amenaza, si no es atajado, con lo que algunos expertos han denominado «la sexta extinción»ya en marcha (Lewin, 1997), de la que la especie humana sería la principal causante y la más importante víctima. A ello responde el llamamiento de las Naciones Unidas para una Década de la educación para un Futuro Sostenible.

LAS SOLUCIONES. EDUCACIÓN PARA LA SOSTENIBILIDAD




La importancia dada por los expertos en sostenibilidad al papel de la educación, queda reflejada en el lanzamiento mismo de la Década de la Educación para el Desarrollo Sostenible, o, mejor, para un Futuro Sostenible (2005-2014), a cuyo impulso y desarrollo, como ya hemos indicado, está destinada la páginahttp://www.oei.es/decada.

Como ha señalado la unesco: «El Decenio de las Naciones Unidas para la educación con miras al desarrollo sostenible pretende promover la educación como fundamento de una sociedad más viable para la humanidad, e integrar el desarrollo sostenible en el sistema de enseñanza escolar a todos los niveles. El Decenio intensificará igualmente la cooperación internacional en favor de la elaboración y de la puesta en común de prácticas, políticas y programas innovadores de educación para el desarrollo sostenible».

En esencia, se propone impulsar una educación solidaria –superadora de la tendencia a orientar el comportamiento en función de intereses a corto plazo, o de la simple costumbre– que contribuya a una correcta percepción del estado del mundo, que  genere actitudes y comportamientos responsables, y que prepare para la toma de decisiones fundamentadas (Aikenhead, 1985) dirigidas al logro de un desarrollo culturalmente plural y físicamente sostenible (Delors, 1996; Cortina y otros, 1998).

Se requieren acciones educativas que transformen nuestras concepciones, nuestros hábitos, nuestras perspectivas; que nos orienten en las acciones que tengamos que llevar a cabo, en las formas de participación social, en las políticas medioambientales, para avanzar hacia una mayor eficiencia, hacia una sociedad sostenible, hacia acciones fundamentadas, lo que requiere estudios científicos que nos permitan lograr una correcta comprensión de la situación, y, con ella, que sepamos concebir medidas adecuadas.

Es preciso insistir en que las acciones en las que podemos implicarnos no tienen por qué limitarse al ámbito «individual», sino que deben extenderse al campo profesional (que puede exigir la toma de decisiones) y al sociopolítico, oponiéndose a los comportamientos depredadores o contaminantes (tal como está haciendo con éxito un número creciente de ciudadanos que denuncia casos flagrantes de contaminación acústica), o apoyando, a través de ong, de partidos políticos, etc., aquello que contribuya a la solidaridad y a la defensa del medio.

Y es necesario, también, que las acciones individuales y colectivas eviten los planteamientos parciales, centrados sólo en cuestiones ambientales (contaminación, pérdida de recursos, etc.), y que se extiendan a otros aspectos íntimamente relacionados, como el de los graves desequilibrios existentes entre distintos grupos humanos, o los conflictos étnicos y culturales (campañas favorables a la cesión del 0,7 del presupuesto, institucional y personal, para ayudar a los países en desarrollo, defensa de la pluralidad cultural, etc.). En definitiva, es preciso reivindicar de las instituciones ciudadanas que nos representan (ayuntamientos, asociaciones, parlamento...), que contemplen los problemas locales en la perspectiva general de la situación del mundo y que adopten medidas al respecto, tal como está ocurriendo ya, por ejemplo, con el movimiento de «ciudades por la sostenibilidad». Como afirman González y de Alba (1994), «el lema de los ecologistas alemanes ‘pensar globalmente, pero actuar localmente’ a lo largo del tiempo ha mostrado su validez, pero también su limitación: ahora se sabe que también hay que actuar globalmente». Ello nos remite a las medidas políticas, que, junto a las educativas y a las tecnológicas, resultan imprescindibles para sentar las bases de un futuro sostenible.

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